
Empesaste a caminar, primero mirando a todas partes, por si de improvisto lo veías venir corriendo, disculpándose porque había tenido que ir a algún sitio, por si salía de repente de un portal, jugueteando al escondite, tapando sus ojos y preguntando con su inconfundible acento: ¿Quién soy?. Luego, ya desengañada, bajaste la cabeza para clavar la mirada en los adoquines del suelo, los antiguos adoquines...
